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El amor y la vida moderna.

Por: Juan Ramón Velázquez Mora | Fotografía: Cortesía 22 de Diciembre de 2016

En “Todos los días son nuestros”, novela editada por Océano, Catalina Aguilar Mastretta presenta una historia de amor moderna que captura con partes iguales de ligereza y filo, las marañas sentimentales que implica relacionarse emocionalmente con otra persona.

 

La novela es un género en el que todo cabe, y se presta para digresiones que otras expresiones artísticas no permiten. Quizá ésa sea su gran ventaja —o, algunos dirían también, su gran desventaja. Aunque su faceta más conocida es la de cineasta (“Las horas contigo” y “Everybody Loves Somebody”), Catalina compartió con MAXWELL por qué decidió que esta historia fuera una novela y no un guión de cine: “Los guiones son estructuras mucho más rígidas. Muchas veces escuchaba o veía cosas que me parecían interesantes y pensaba: ¿Esto a qué personaje se lo doy? No cabe en las historias que estoy escribiendo para el cine. Todo eso empezó a ir a un archivo que finalmente se convirtió en este libro. Son cosas que yo sentía más etéreas: reflexiones sobre lo que significa crecer, sobre lo que significa querer a alguien, todas esas cosas pasan en la cabeza de la gente y son, quizá, menos visuales. Para mí esta historia siempre fue en prosa y por eso se fue volviendo novela”.

 

Sobre las relaciones y la comunicación humana, Catalina asegura que “Es difícil conocer a quien sea, porque incluso es difícil conocerse a uno mismo. Por eso creo que es tan único cuando uno pasa a la intimidad de verdad, a realmente ver al otro por quien es”.

 

La vida moderna ofrece muchas variantes en la manera que nos relacionamos, pero en “Todos los días son nuestros” sale a relucir un hecho inquietante: sin importar las tecnologías o los contextos, el amor siempre es el mismo. Las personas somos las mismas. Quizá este elemento en la literatura de Catalina provenga de la impresión que le produjo leer a Jane Austen cuando adolescente, y descubrir que el mundo de la escritora victoriana era también el de ella, dos siglos después y en un continente distinto. “Yo creo que el amor, por supuesto, no cambia; y las sensaciones que nos provoca esa comunicación son las mismas siempre. Siento que quizá se sentía idéntico que te dejen en visto el mensaje, que lo que se sentía en el siglo XVIII si mandabas una nota a mano y no recibías respuesta. La emoción y esas cosas se parecen. Yo creo que todos los seres humanos nos hemos sentido igual, a pesar del medio”. 

 


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